Federico L. Silvestre

EL ARTE DE ESPANTAR

El espantallo es algo que se pone para espantar y que, por tanto, cuenta desde su nacimiento con cierta vocación apotropaica[1]. Ahora bien, conviene empezar indicando que muchas cosas espantan, pero que Sendón se decanta solo por ciertos métodos. En el trabajo académico que Antonio Díaz Correa le dedicó al tema se distinguían tres[2]. Los mecanomorfos serían aquellos espantallos que utilizan las leyes de la física o de la química para cumplir su cometido. De ahí que, entre ellos, se incluyan las latas que producen ruido con el viento, los CDS que deslumbran con sus reflejos, los molinillos con carracas y hasta los cañones que se activan con el movimiento. Los necrozoos serían esos otros modelos que cobran forma partiendo de un ejemplar muerto de la alimaña que se quiere ahuyentar. Normalmente, se cuelgan cuervos pero, así vistos, los cráneos pelados que muchas tribus de antaño colocaban en la entrada de sus territorios para espantar a sus enemigos también funcionaban como espantallos. Por fin, losantropomorfos serían los espantallos que espantan porque se acercan a esa forma humana que tanto amedrenta a las alimañas, y, tratándose de la única especie de espantallo que remite a la representación y a lo antropomórfico, no deja de resultar curioso que Sendón se decante por él.

Ahora bien, igual de llamativo resulta constatar que no está solo. Hace pocos años, otro fotógrafo gallego, Hixinio Flores, dedicaba prácticamente todas las imágenes de su serie «Espantapájaros» a los espantallos antropomórficos. Y, hace muchos más, Robert Doisneau consagraba un álbum completo de fotos en blanco y negro a los Épouvantables épouvantails humanoides[3]. No cabe duda que el modelo antropomórfico siempre ha despertado pasiones. Al fin y al cabo, cuando recorremos solos los caminos del campo y el viento mece los brazos de los espantallos, somos todos los que reímos o nos asustamos. A pesar de las coincidencias, no se equivoca el que piensa que los de Sendón nacen de una mezcla de todo eso con algo más. Piénsese que Hixinio Flores reconoce en su web que hace sus fotos con vocación etnográfica[4], y que Robert Doisneau extrajo la idea, tanto de las conversaciones con los editores, como del imaginario surrealista. Mientras, Sendón no responde, ni a unos intereses etnográficos exclusivos, ni solo a esos valores artísticos. Más bien, algo en sus fotos tiene que ver con ambos sentidos, al tiempo que logra superarlos en relación con el momento que vivimos.

Para explicar este comentario, comencemos por los antecedentes. Aunque en general la fotografía de Doisneau no debe vincularse con la del surrealismo, sí conviene recordar que durante una época se mostró atraído por el mismo –es decir, por la obra de Brassai o Kertész–. El dato tiene cierto valor porque, entre los movimientos de vanguardia, probablemente fue el surrealismo el que más fascinación mostró hacia el espantallo. Esto se debe a que, como es sabido, el surrealismo rompió de tres maneras con la concepción académica de las Bellas Artes. Por un lado, dudando del canon, pues más allá del centro cabía asumir la marginalidad. En segundo lugar, dudando de lo bello, pues también convenía explotar y explorar eso siniestro de, por ejemplo, una vieja muñeca o un pelele singular. Y, por fin, dudando del virtuosismo, pues a veces un objet trouvé valía más que una pieza muy trabajada. Luego, lo que pasará a medida que iluminados como Duchamp, Breton o Aragon den rienda suelta a estas ideas, será que objetos de todo tipo como los maniquíes de los escaparates empezarán a considerarse obras de arte. Ahora bien, como ese primer surrealismo fue evidentemente urbano, debemos esperar al surrealismo etnográfico o de segunda generación –el surrealismo nacido en 1929 de la mano de Bataille, Caillois y Leiris– para que se empiecen a apreciar de verdad, tanto los más extraños antropomorfismos de la cultura popular o marginal, como el fondo por entonces poco explorado de las milenarias tradiciones campesinas. De ahí a lo que propondrán los surrealistas de Chicago de los sesenta y setenta solo media un paso. Efectivamente, los artículos de la revista Arsenal introducen piezas de campesinos de la América profunda como obras de arte. Finalmente, el espantallo antropomórfico jugará en el surrealismo un rol que conviene recordar. Al respecto, Louis Aragon llegará a afirmar que «la poesía moderna es esencialmente atea» y que de ella cabe esperar que «a la sombra de un espantajo […] un puñado de fanáticos sepa hacer desaparecer toda alusión a la infame Cruz»[5]. Así pues, la vocación del nuevo arte está clara. Nada de unir. Nada de conciliar. De lo que se trata es de dividir, esto es, de espantar.

Por otro lado, la fotografía de los espantallos también se ha vinculado con lo etnográfico. Decíamos que, en el caso gallego, Hixinio Flores ya dedicó alguna serie. Y no puede extrañarnos que, entre los lugares en que la expuso, aparezcan el Museo Provincial de Lugo (2002) y el Museo do Pobo Galego (1997). Recordemos que buena parte de los libros dedicados a las tradiciones agrarias de la tierra incluyen alguna imagen o alguna referencia al respecto, siendo difícil obviar el papel que el espantallo juega en nuestro imaginario colectivo y en el mundo agrario real.

Consciente o inconscientemente, no cabe duda que Sendón recoge en parte ambas lecturas, tanto la etnográfica, como la surrealista. Por un lado, sus ya muchos años profesando en la Escuela de Bellas Artes de Pontevedra lo han predispuesto para valorar positivamente, no el arte en general, sino la sensibilidad artística contemporánea. El surrealismo juega un papel esencial en la conformación de dicha sensibilidad, sensibilidad que considerará que puede ser más interesante un espantallo que en un Bouguereau. Al respecto, no deja de resultar llamativo que Sendón se niegue a colocar su nombre en la portada de su álbum fotográfico. Sin duda, se trata de cuestionar el énfasis en la autoría y el virtuosismo para desvelar como Louis Aragon las cosas sorprendentes que esconde lo cotidiano.

Por otro lado, aunque su fotografía haya girado en torno a Galicia menos para subrayar sólidas identidades que para mostrar paradojas seculares, no cabe duda que alguien podría considerarlo una especie de especialista en antropología gallega contemporánea. De hecho, tal hipótesis podría abarcar buena parte de su obra, pues su interés cada vez mayor por el paisaje así como por el olvido y la memoria, enlazan con las series que antaño dedicó a los trabajos. Ahora bien, sería un error considerar que Sendón con sus espantallos se limita a repetir lo heredado pues, más allá de la convulsa belleza de los surrealistas y de la milenaria tradición campesina, el espantallo funciona con él como un referente para el mundo contemporáneo.

Puesto que es con la cultura del reciclaje y con la falsa polémica del «feísmo» con lo que abre su libro, cabe tratar, para avanzar, estos dos motivos. Efectivamente, como sugiere Sendón con su texto y con su serie, en lo referido al reciclaje y a los espantallos convendría desterrar el término feísmo. Hasta donde yo llego, el primero en usar la palabra hace ya muchos años fue Xerardo Estévez en una rueda de prensa. Precisamente por eso, por encontrarse presentes los medios, el término acabó convirtiéndose en un monstruo capaz de abarcarlo todo. Sendón muestra como, a menudo, mucho de lo que en Galicia consideramos feísta solo es producto de la cultura campesina del reciclaje. En este sentido, viene a decir que la sencillez y el ahorro no son sinónimos de miseria. Ahora bien, estando totalmente de acuerdo, me atrevo a plantear que las propias series de Sendón muestran la polivalencia del término y la razón profunda por la que se merece un destierro.

Hoy en día, cuando un medio o una institución quieren afear un lugar o una comarca hablan de feísmo e introducen en ese cajón de sastre, tanto infames galpones abandonados y a medio construir al lado de la costa salvaje, como la cultura del espantallo reciclado que Sendón nos ha mostrado. Precisamente por abarcar fenómenos tan dispares es por lo que conviene dudar, tanto de los medios que hablan de feísmo, como de las propuestas que santifican cualquier fenómeno por el mero hecho de darse en nuestra tierra. Me demoro en esta cuestión porque, además de que convenga pasar página y olvidar el término, un buen método para discernir la muy variada casuística que se abarca con el mismo se encuentra precisamente en las series de Sendón. Como muestra «Espantallos» y como lleva años sugiriendo en Galicia Ergosfera, reciclar puede ser un modelo tanto aquí como en Ginebra, por lo que calificar de feísta el resultado del reciclaje raya lo absurdo y demuestra una considerable falta de sensibilidad para con el ingenio colectivo. Pero, a la inversa, como Sendón demuestra en la serie «Vai facendo…», negarse a considerar un problema los galpones abandonados al lado de las más increíbles costas, también se puede cuestionar. Ni todo lo que acontece en Galicia es malo, ni todo lo que tiene lugar en ella es bueno. Y es que, si no se aplica el sentido crítico, uno acaba alimentando esos fantasmas ideológicos que tienen más de demagógicos que de valiosos y que contribuyen a todo menos a hacer país.

Mientras, en medio de esas polémicas, los espantallos adquieren un enorme valor porque nos permiten distinguir el lugar en el que la dura vida del rural empieza casi sin querer a despegar mostrando otra dimensión. Al respecto, cuenta Sendón como en uno de sus viajes una paisana se vanaglorió de hacer mejores espantallos que su chapucero marido. Efectivamente, el espantallo desborda el ámbito de la pura utilidad y da acceso a los momentos de juego y creatividad. Y, aunque nos ayude a criticar el arte por el arte y a defender la cultura material, sería injusto negarle ese otro componente que nos sitúa más allá. Sin duda, desempeña una función, pues defiende el sagrado sustento del ataque del predador. Pero, a la vez, actúa como asunto lúdico y mensaje a esa vecindad que vislumbra a lo lejos y desde la soledad un guiño humano y su invitación.

De ahí que podamos afirmar que los espantallos de Sendón representan la cópula entre el despliegue simbólico y la pura necesidad convirtiéndose en un arma que funciona como un bumerán. Si en el camino de ida amenaza a los que intentan recluir el arte entre los esteticista muros de los museos de la ciudad, en el camino de vuelta arrincona a los que reducen el mundo a puro interés y fría utilidad. Por si caben dudas, es a ellos a los que logra espantar.

[1] El Dicionario da Real Academia Galega solo habla de «espantallo», término anterior y más rico que «espantapájaros». De hecho, históricamente, el vocablo «espantajo» aparecerá en el Diccionario de la Real Academia Española antes que el término «espantapájaros», palabra esta a la que no se dará entrada hasta la edición de 1925.

[2] V. Antonio Díaz Correa: Producciones artefactuales. El espantapájaros como dispositivo estético, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2007 (inédito).

[3] V. Robert Doisneau: Épouvantables épouvantails, Paris, Hors Mesure, 1965.

[4] V. http://www.hixinioflores.com/fotografia-etnografica/

[5] V. Louis Aragon: «La Peinture au défi» (1930) en Écrits sur l’art moderne,prefacio de Jacques Leenhardt, Paris, Flammarion, 1981, p. 30 (versión castellana: «El desafío a la pintura» en Los colages, Madrid, Síntesis, 2001).

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